domingo, 3 de julio de 2016

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO

Cuando nos fijamos en las lecturas de la Eucaristía de un domingo, se dice que la primera lectura tiene mucho que ver con el Evangelio y, la segunda, muchas veces es de otro tema importante, pero diferente.

Hoy, al leer y reflexionar las del Domingo XIV del tiempo ordinario, veo una relación fuerte entre la segunda y el Evangelio.

San Pablo en la carta a los Galatas (6,17) nos dice: "Llevo sobre mi cuerpo las señales de Jesús".

Es cierto que él las podría llevar hasta físicamente, por la vida que tuvo en la cárcel. Pero, personalmente, ¿qué señales llevo yo o/y debo llevar? ¿Qué señales de Jesús?

La respuesta está en el Evangelio (Lc 10, 1-12.17-20).

Primero nos dice Jesús que tenemos que ir de dos en dos. Jesús formó una comunidad y su Evangelio se transmitió en comunidad. La comuni-dad que hacemos y creamos, nos comprometemos todos -cada uno en lo que puede-, compartimos materia, tiempo, misión, vida.

También nos dice: "No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias". O sea, sed austeros. No nos tenemos que dejar llevar tanto por lo material. Hay cosas innecesarias que nos las hacemos necesarias.

En este pequeño párrafo, Jesús dice dos veces que el Reino de Dios está cerca. El Reino de Amor que Jesús nos transmitió y debemos seguir haciéndolo nosotros.

Y hace referencia a la alegría dos veces muy seguidas: “Regresaron los 72 alegres” y “no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos”. Es decir, la alegría a la que se refiere no es a la del fruto conseguido. Parece que solo nos alegramos cuando con nuestro trabajo llegamos a ver muchas cosas conseguidas y ya, ahora. En realidad, a veces no llegaremos a ver el resultado de nuestro esfuerzo. Lo que nos debe hacer alegres es saber que somos fieles a lo que el Señor quiere de nosotros.

Señor, quiero que se vean tus señales en mi vida.
En mi vida comunitaria de parroquia, de congregación, de Iglesia.
En mi vida un poco austera, aunque reconozco que debo abandonar más cosas materiales que me las hago necesarias y me alejan más de la realidad, especialmente de los pobres donde Tú te haces presente de un modo especial.
En mi vida que quiere transmitir y ser reflejo del Reino de Dios, del que tanto nos hablaste.
En mi vida alegre por ser seguidora tuya. Reconociendo también mis fallos. Pero siendo mucho más fuerte la alegría y el impulso a serte fiel, que los fallos que me puedan frenar y paralizar en algunos momentos.

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